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Lunes, 20 de Noviembre de 2017 Actualizado a las 18:11

Trump y la estrategia china del comercio internacional

15/11/2017 - 0:01
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El reciente viaje del presidente Donald Trump a Asia, ha supuesto un mensaje claro a la comunidad internacional en materia de comercio e inversiones. De la misma forma, la asistencia del inquilino de la Casa Blanca a la Cumbre de la APEC, celebrada recientemente en Vietnam, ha marcado un punto de inflexión en las relaciones con los países asiáticos, pero muy en especial con China. Lo que parecía una más que probable "guerra comercial" con China en los primeros compases del mandato de Trump, ahora se ha convertido en una relación donde la cordialidad está dando paso a la confianza y respeto mutuos.

A pesar de las tensiones y algún que otro desafortunado tweet, la "estrategia disparador" (trigger strategy) de Estados Unidos, rompiendo el acuerdo transpacífico TTP fue, en el fondo y como se ha señalado en estas páginas en repetidas ocasiones, el más eficaz de los acercamientos a China y el comienzo de la búsqueda de intereses comunes entre dos economías que juntas suponen 30 billones de dólares del PIB a precios corrientes, o lo que es lo mismo, un 40% del PIB mundial.

Por ello, romper un pacto multilateral plagado de aranceles enormemente restrictivos y con un sentido marcadamente anti-chino, ha abierto la puerta a la cooperación, yendo más allá por parte de la Administración Trump como es adoptar la estrategia china de comercio internacional.

¿En qué consiste dicha estrategia china de comercio internacional? Puede explicarse de una forma sencilla: China firma pactos bilaterales con los diferentes países y estos al mismo tiempo entre ellos, de manera que se forma una "cadena" de acuerdos bilaterales a lo largo de los continentes (especialmente en el eje Índico-Asia-Pacífico), sin necesidad de tener que poner de acuerdo al mismo tiempo a muchos países que poseen en cada una de las materias intereses contrapuestos.

Esta estrategia china es la que se simboliza a través de la alegoría medieval de la "Ruta de la Seda" y bajo el nombre oficial de "One Belt, One Road" (OBOR).

De esta manera, pueden señalarse las ventajas que ésta tiene en materia práctica, evidentemente sabiendo que no es la estrategia óptima: primera, ahorro de costes de transacción por negociación con menos interlocutores: segunda, minimiza los riesgos legales y regulatorios en los países firmantes -no es lo mismo que tenga que aprobar un acuerdo comercial dos parlamentos que catorce como en el caso del TTP o lo que sucederá previsiblemente cuando termine de formularse el TTIP (Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones)- y, por último, permite alcanzar un equilibrio socialmente más eficiente que en el caso de un "acuerdo de mínimos", que es como suelen acabar los macrotratados comerciales. Dado el punto en el que se encuentra la economía global en materia comercial, y tras casi dos décadas de atasco de las negociaciones en la Organización Mundial de Comercio (OMC), la adopción de una misma estrategia comercial por parte de los dos países más poderosos en lo económico del mundo, es un importante paso hacia adelante.

También supone una señal positiva sobre China, ya que como muy bien señala el economista Luis Torras, OBOR refleja la visión horizontal de los mongoles, que llevó a una notable apertura comercial a China y permeabilidad cultural. Lo mismo que sucede en materia comercial, cabe soslayarse en materia de inversiones y flujos financieros. Aquí la pieza clave es la liberalización progresiva de la balanza de capitales china, la cual tras el XIX Congreso del Partido Comunista tiene fecha de culminación: 2021.

Ante ello, el presidente Trump y más empresas americanas están tomando la delantera a sus competidoras internacionales, posicionándose en la reestructuración del sector público empresarial chino, la desaparición de sectores ineficientes y la reconversión de la industria.

Donde unos ven riesgos sistémicos en materia de deuda o "momentos Minsky" (mal interpretando las últimas declaraciones del gobernador Zhou), otros ven extraordinarias oportunidades de inversión para colocar capitales a intereses más altos y mejor diversificados. Al igual que sucedió en los años noventa y que relata de una forma profusa el ex secretario del Tesoro americano Henry Paulson (en su último libro Negociando con China), se abre una ventana extraordinaria de oportunidad de acuerdos bilaterales con China para participar tanto en la internacionalización de sus empresas como de sus mercados financieros y del propio renminbi.

El proceso de globalización es imparable y, precisamente por los beneficios económicos y sociales que este fenómeno tiene desde la primera oleada globalizadora de finales del siglo XIX, es necesario actualizar estrategias y solidificar la confianza mutua entre países. Y en este tablero, el que hasta ahora era un "convidado de piedra" no sólo no ha dejado de serlo, sino que es una de las piezas clave ya en el presente.

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